Por: Jessica Servín
Con motivo del lanzamiento de amorfa, conversamos con sus creadoras, Irene Azuela y Paula Amor, sobre cómo una idea espontánea —“un bebé no planeado”, como ellas mismas lo describen— se convirtió en una marca de joyería con identidad propia.
—¿Cómo nace amorfa?
—Fue completamente inesperado —cuentan—. Como un bebé no planeado que, sin embargo, nos ha traído muchas sorpresas. Las ideas existen todo el tiempo, pero lo importante es darles espacio, tiempo y dedicación. Eso fue lo que hicimos.
Paula retoma la historia: Hace un año, Irene viajó a Acapulco, vio unas perlas que le encantaron, pero no las compró. En un viaje posterior volvió a encontrarlas, con una señora llamada Valentina, y decidió llevarse algunas para hacer collares para sus amigas. Hizo alrededor de ocho.
Uno de esos collares llegó a manos de Paula: —Me lo regaló en mi cumpleaños. Era el “collar madre”, el origen de todo. Empecé a usarlo muchísimo y la gente me preguntaba por él. Ahí le dije: “Esto es un proyecto”. Irene se reía, no lo veía así. Pero unos meses después me escribió: “Acabo de comprar un chingo de perlas”. Ahí empezó todo.
Para finales de año, ya habían desarrollado la identidad de la marca.

—Además, somos amigas desde hace 34 años —añaden—. Nos conocimos a los 12 y crecimos juntas. Este proyecto también es una extensión de esa historia compartida.
—¿De dónde surge el nombre amorfa?
—De las propias perlas —explican—. Cada una tiene una forma distinta, única. Nos fascinaba observarlas e imaginar qué parecían. amorfa habla de eso: de lo no uniforme, de lo irregular.
Las piezas están construidas para resaltar esa cualidad:
—La imperfección es la belleza de la perla. Por eso nuestros diseños son sencillos: la protagonista siempre es ella.
—¿Qué tipo de perlas utilizan?
—Son perlas barrocas naturales, no de cultivo. Vienen de Guerrero, principalmente de Acapulco y Chilpancingo, a través de nuestro contacto con Valentina. Esa conexión local también es muy importante para nosotras.


—¿Cómo ha evolucionado el proyecto?
—Empezamos con collares de una o dos perlas —dicen—, que siguen siendo nuestro sello. Ahora estamos explorando nuevos formatos: aretes, prendedores y piezas más robustas.
Trabajan con plata y oro de 10 y 14 quilates, y han comenzado a experimentar con piedras como rubíes y esmeraldas.
—También colaboramos con un lapidario y un joyero. Es un proceso colectivo y en constante descubrimiento.
—¿Cómo es su proceso creativo?
—Muy intuitivo —responden—. Partimos de algo muy simple: qué usaríamos nosotras. Todo lo que hacemos es algo que nos pondríamos.
Además, el proyecto ha abierto nuevas posibilidades:
—Nos ha permitido explorar nuestra creatividad desde otro lugar. Irene es actriz, yo trabajo en gestión cultural, y esto se volvió un espacio para investigar, colaborar y crear.

—¿Dónde se pueden encontrar sus piezas?
—Principalmente en Instagram, en @amorfa.amorfa. También hacemos ventas físicas ocasionales. Queremos crecer de forma orgánica, paso a paso.
—En una frase, ¿qué es amorfa?
—Imperfección —dice Irene.
—Una compañía de la suerte —añade Paula.
Y concluyen:
—La perla nace de una incomodidad: un grano entra en la ostra y esta responde creando algo hermoso. Para nosotras, amorfa también es eso: encontrar belleza en lo imperfecto.
Además, el próximo 29 de abril, del 12 a 21 horas, habrá una venta especial en la Galería Mapache ubicada en Agustin Melgar esquina Pachuca, en la Condesa.
